sábado, 23 de agosto de 2014

La Visión Eclesiástica

Ya hemos tratado sobre cómo la interpretación que la Iglesia hace de lo oculto se originó primero en una convivencia con lo oculto durante la primera etapa. Así, en un mundo de gran religiosidad y espíritus cotidianos como era el romano, la incipiente Iglesia entendía que Dios estaba en todas partes y, por tanto, en todas ellas había magia. Las invasiones bárbaras que acabaron con el Imperio Romano de Occidente reforzaron esta visión, introduciendo muchas percepciones paganas de lo oculto, rituales desconocidos y nuevas interpretaciones religiosas que hicieron que el ideario religioso se fundamentase en una dispersión de ideas, espíritus y creaciones, todas ellas producto de la acción divina en el mundo.


No fue hasta tan tarde como el siglo XI que esta visión comenzaría a cambiar notablemente. A la sombra de los nuevos impulsos religiosos de proselitismo que llevarían a las cruzadas y a la extensión de la fé por el mundo, la visión religiosa se fue simplificando. Desaparecieron la miríada de espíritus y monstruos divinos y lo que quedó en su lugar fue la eterna contraposición entre el Bien y el Mal, reencontrada del contacto con los círculos ocultistas de Oriente Medio donde aún resonaban las ideas de babilionios y asirios. 

El primer gran maestre de la Orden del Temple, Hugo de Payens, el que bebería de toda esta tradición y la codificaría. Así, en el código de la orden se hablaría de proteger lugares de fé y a los peregrinos, mientras que los ritos iniciáticos de los caballeros ante Bahomet les pondría en contacto con lo oculto y la misión divina de la orden de purgar la oscuridad de la tierra.

Pero, aunque la visión era esa, los templarios en realidad se movían en una ideología donde predominaban los grises y los compromisos morales para conseguir poder terreno. Su adoración del demonio Bahomet les llevó a la corrupción moral y al poder terrenal y la orden se extendió hasta su inevitable disolución, por su corrupción, en 1314.

La Iglesia quedó sin una visión sobre lo sobrenatural clara, tras haber fracasado la anterior, hasta que llegó el Tribunal de la Santa Inquisición. Con ella, la lucha entre el bien y el mal consiguió su forma actual, donde se entiende a las dos fuerzas divinas como eternamente opuestas y es el deber de los cristianos moverse entre ellas. En contra del dogma predominante y apoyándose en algunos de los textos apócrifos y en las profecías que atesoraba la Inquisición, llegaron a la conclusión de que Dios no había creado a Lucifer y este se había corrompido por la soberbia como sostiene la interpretación principal de la Iglesia, sino que Lucifer y Dios son igualmente eternos y todopoderosos, por eso la luz no es capaz de destruir a la oscuridad, ni a la inversa.

La clave en este enfrentamiento eterno es el ser humano y su capacidad para decidir. Tanto Dios como el Demonio son fuerzas universales conscientes de si mismas y con capacidad para planear y decidir cómo afectar al mundo, como dos inconmensurables jugadores de ajedrez. A diferencia de la visión más racional de lo sobrenatural, la visión eclesiástica se basa en que si que tienen identidad las fuerzas de la luz y de la oscuridad, y bajo ellas se encuentran las miríadas de ángeles y demonios cuya interacción con el mundo genera la mayor parte de los fenómenos paranormales que conocemos. Retoman así la noción antigua de los numerosos espíritus en el mundo, pero poniéndola bajo la percepción de que todos ellos son meros agentes de los dos grandes poderes. 

Es el hombre el que, sometido a los vaivenes del conflicto, debe ser capaz de usar su libertad de conciencia para ejercer la fé adecuada. Y, cuando fracasa, a uno de sus hermanos le corresponde reconducirlo al buen camino o, en caso de ser necesario, eliminarlo del rebaño para que no contamine a sus semejantes con sus impurezas. De lo primero se encargaba el Tribunal del Santo Oficio así como la Iglesia en su conjunto, mientras que de lo segundo se encargaban los cazadores de brujas y los exorcistas. 

La visión se volvió sólida y consistente con el paso de los siglos, especialmente tras el endurecimiento que siguió a la Contrarreforma. Toda aproximación a la Oscuridad era anatema, ya que ella había acabado por corromper con su toque e influencia a los Templarios. Lo que esta visión no esperaba era el ascenso de la racionalidad a partir, en especial, de la Ilustración, y el papel menguante de la Iglesia en el mundo. Sin embargo, se resistieron con fuerza a evitar cualquier cambio, lo cual hizo inevitable su disolución a lo largo del siglo XIX-XX.

Lo cual nos lleva a hoy en día. El papado del actual Juan Pablo II y la doctrina eclesiástica que inspira ha abandonado lo oculto. La idea que predomina es una religión de la moral y el alma cristiana, donde Dios y el Demonio permanecen más como espectadores de los debacles y conflictos de los mortales en su lucha por la salvación o la condenación. Es una religión que ha entrado mucho más en contacto con la visión protestante, dominada por el lugar del individuo en su relación con Dios, eliminando así de la ecuación a ángeles y demonios menores que, por primera vez, quedan encerrados en el Cielo o el Infierno.

Sin embargo, aún quedan entorno al Vaticano misteriosas figuras dadas al estudio de lo oculto y lo misterioso que, en gran medida, mantienen la percepción de la Inquisición. Sin embargo, la reducción de recursos y organización, el contacto con la nueva ideología católica y el ascenso del racionalismo ha hecho que la visión se suavice en muchos puntos, especialmente los que tienen que ver con la pureza en la tierra. Así, estos cazadores de brujas han colaborado en muchas ocasiones en el último siglo con los cazadores de brujas protestantes y ortodoxos, han aprendido de los maestros de la cábala judía e, incluso, de los maestros de lo oculto musulmanes. 

Cualquier ayuda es válida y todo conocimiento necesario en una guerra contra lo oculto que ellos creen que va ganando en un mundo de moral laxa, egoísmo y búsqueda de recompensas inmediatas. La Oscuridad va ganando en la guerra con la Luz y ellos se ven como los últimos soldados de una larga tradición, luchando con los pocos aliados que pueden encontrar antes de la inminente llegada del Fin del Mundo que el ascenso de la Oscuridad va a implicar.

-----Extracto de Leyendo entre Líneas en el Trono de San Pedro, de Giacommo Rivelli, 1964, páginas 212-214.

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